La aldea


No vivir separados nunca jamás; creer en la aldea como única forma de ciudad posible; viajar en carreta o montarse en un caballo para visitar a un hermano, a una hermana; morirse cerquita para que lo lloren a uno a tiempo y le puedan arrojar aunque sea una flor o un padrenuestro; abrir la ventana todos los días para que entre el fresco y ver ahí nomás a la familia, la única posesión que vale; caminar apenas unos pasos donde la mamá, donde el hijo, para pedir prestada una olla, un sartén, una bandeja, y más tarde invitarlos a a comer algo sencillo, un plato sin parafernalias ni peripecias culinarias, una sopa para el frío, un dulce de frutas, un veleño con queso; no puede ser tan difícil, gente, claro que no. Por qué carajos el hombre buscando la felicidad entonces abandonó la aldea?

Cien años con Walser

the-walk-walser

Me entero por El Cultural  que se cumplen (no sé muy bien si hoy o mañana) 100 años de la publicación de El paseo de Robert Walser, un libro que compré en su traducción al inglés hace algunos años en la Bridge Street Books de Georgetown, y que leí muy vagamente en su momento con los ojos más puestos en lo que Enrique Vila Matas decía de él como su mayor promotor, que en lo que el suizo me estaba ofreciendo a través de sus páginas. Pero ahora, leídas las primeras líneas de la novela en la traducción al español, es como si Walser despertara de una larga siesta y viniera a pedirme una nueva oportunidad. Oculto está el mensaje, lo sé, de que no me fallará. Y yo pienso que tal vez sea cierto porque así pasa con muchas cosas, si no todo, en la vida: la felicidad es tan solo una cuestión de tiempos, coordenadas y casualidades.

img_7358“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Podría añadir que en la escalera  me encontré a una mujer que parecía española, peruana o criolla. Mostraba cierta pálida y marchita majestad. Sin embargo, he de prohibirme del modo más estricto detenerme aunque no sean más que dos segundos con esta brasileña o lo que fuere; porque no puedo desperdiciar ni espacio ni tiempo”.

(Robert Walser, El paseo)

David Vann sin orejeras

david-vann-acuario

Al recordar lo bien que la había pasado leyendo Caribou Island (todavía se me viene a la cabeza la imagen rotunda de ese pobre hombre empecinado en construir una cabaña en una isla remota, vaya a saber a cuenta de qué o para qué) me encontré esta mañana hurgando de pronto en las primeras páginas de Acuario, la última novela del escritor norteamericano David Vann, y confirmé que continuábamos mirando la vida desde el mismo lado, sentados en la misma banca, los ojos puestos en las mismas cosas. No hay que tener orejeras mentales, nos dice Vann en esta nueva novela. Hay que vivir dejándose sorprender. Vale.

“¿Qué sentido tienen los caballitos de mar?, pregunté.

El viejo se los quedó mirando boquiabierto, como si estuviera ante su dios. Recuerdo haber pensado eso. Era muy distinto de los otros adultos que yo conocía. No llevaba orejeras mentales. Estaba dispuesto a dejarse sorprender en cualquier momento, dispuesto a ver qué pasaba a continuación, abierto a cualquier cosa.

Creo que no hay respuesta, dijo por fin. Esas son las mejores preguntas, las que no tienen respuesta. Ni idea de cómo llegaron a formarse los caballitos de mar, ni de por qué tienen la cabeza como los caballos de tierra firme, o qué sentido puede haber en esa simetría desconocida. Ningún caballo verá jamás a un caballito de mar, y viceversa, y puede que ningún otro animal los haya reconocido a los dos, y aunque nosotros sí vemos ahora esa simetría, ¿qué sentido tiene? He aquí la clase de pregunta correcta.

(David Vann, Acuario)

Los diamantes de Teresita

revista-granta

“Los antiguos griegos y romanos creían que los diamantes eran lágrimas de los dioses o esquirlas de estrellas fugaces. Eran muchos quienes en la antigüedad consideraban que los diamantes y otras piedras preciosas podían traer buena fortuna y éxito, pero también contrarrestar de algún modo los efectos del destino y los acontecimientos astrológicos. Platón llegó incluso a escribir sobre los diamantes como entidades vivas que encerraban espíritus celestiales. A lo largo de los siglos, los diamantes fueron adoptando un papel casi de talismán, no ya como joyas en el sentido moderno, sino como amuletos que transmitían poder y protección. O, por el contrario, como en el caso de la mayor parte de los grandes diamantes famosos que existen en el mundo, como símbolos que traían la desgracia a su propietario. Al igual que las estrellas, las piedras preciosas fijan una ubicación y son testigos del tiempo. un diamante es, en un sentido estricto, el fragmento de un lugar, extraído con mucho esfuerzo de las entrañas de la tierra por el ser humano, como una especie de versión terrestre de una estrella, un punto portátil de luz brillante”.

(Teresita Fernandez, Escritura nocturna, revista Granta)

La vulgaridad de la ficción

laurent-binet

Explicaba Mario Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras que las novelas decían mentiras porque no podían hacer otra cosa, esa era su naturaleza, pero añadía que había otra cara de la moneda y era que “mintiendo” expresaban “una curiosa verdad” que sólo podía expresarse encubierta, “disfrazada de lo que no es”. Razón ha de tener vargas Llosa, dirán. Sin embargo, de un tiempo acá he venido debatiendo con amigos que quizás todos esos artilugios, piruetas y maniobras narrativas mediante las cuales los novelistas luchan para darle verosimilitud a sus historias ya no activan los circuitos que antes atraían al lector y lo mantenían cautivo. Algo se ha roto a fuerza de tanto manoseo e invención. Vistas así las cosas, con un modelo desgastado o en vías de un desgaste evidente, surge el interrogante de cuánta dosis de verdad pactada desde el comienzo puede revitalizar a la novela e impulsarla a más fértiles caminos.

“En el libro de La risa y el olvido, Kundera deja entender que le da un poco de vergüenza tener que ponerle nombre a sus personajes, y aunque esa vergüenza apenas sea perceptible en sus novelas, en las que abundan los Tomas, las Tamina y muchas Tereza, es obvia la intuición de una evidencia: ¿hay algo más vulgar que atribuir de modo arbitrario, con la pueril intención de lograr un efecto de realidad o, en el mejor de los casos, sencillamente de comodidad, un nombre inventado a un personaje inventado? Aunque, en mi opinión, Kundera debería haber ido más lejos: ¿hay algo más vulgar, en realidad, que un personaje inventado?”

(Laurent Binet, HHhH)