David Vann sin orejeras

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Al recordar lo bien que la había pasado leyendo Caribou Island (todavía se me viene a la cabeza la imagen rotunda de ese pobre hombre empecinado en construir una cabaña en una isla remota, vaya a saber a cuenta de qué o para qué) me encontré esta mañana hurgando de pronto en las primeras páginas de Acuario, la última novela del escritor norteamericano David Vann, y confirmé que continuábamos mirando la vida desde el mismo lado, sentados en la misma banca, los ojos puestos en las mismas cosas. No hay que tener orejeras mentales, nos dice Vann en esta nueva novela. Hay que vivir dejándose sorprender. Vale.

“¿Qué sentido tienen los caballitos de mar?, pregunté.

El viejo se los quedó mirando boquiabierto, como si estuviera ante su dios. Recuerdo haber pensado eso. Era muy distinto de los otros adultos que yo conocía. No llevaba orejeras mentales. Estaba dispuesto a dejarse sorprender en cualquier momento, dispuesto a ver qué pasaba a continuación, abierto a cualquier cosa.

Creo que no hay respuesta, dijo por fin. Esas son las mejores preguntas, las que no tienen respuesta. Ni idea de cómo llegaron a formarse los caballitos de mar, ni de por qué tienen la cabeza como los caballos de tierra firme, o qué sentido puede haber en esa simetría desconocida. Ningún caballo verá jamás a un caballito de mar, y viceversa, y puede que ningún otro animal los haya reconocido a los dos, y aunque nosotros sí vemos ahora esa simetría, ¿qué sentido tiene? He aquí la clase de pregunta correcta.

(David Vann, Acuario)

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