Por razones que no discutiré ahora en detalle, hace un tiempo me vi obligado a trabajar como sirviente de un cierto oficial en San Petersburgo conocido por todos como Orlov; Orlov tenía alrededor de treinta y cinco años y su nombre de pila era Georgy Ivanych. Entré a su servicio tratando de dar con su padre, un famoso hombre de estado, a quien consideraba en aquel entonces un enemigo serio de mi causa. Calculé que al vivir en la casa de Orlov, al oír las conversaciones que allí se efectuaban y ver lo papeles y las notas que seguramente encontraría en su escritorio, podría estudiar en detalle los planes e intenciones de su padre.
Alrededor de las once en punto de la mañana, el timbre eléctrico de la campana del pasillo de la servidumbre crepitaba, lo que significaba que Orlov había despertado. Cuando entraba a su habitación con su ropa lavada, y sus botas listas, lo encontraba sentado en la cama, más que soñoliento como envuelto por el sueño, mirando hacia la nada y sin mostrar ningún placer por haberse tenido que despertar. Le ayudaba a vestir, y él aceptaba mi labor a regañadientes, en silencio, sin agradecer mis servicios. Luego, con sus cabellos húmedos y bañados de una esencia fresca, salía al comedor para tomar el desayuno, se sentaba a la mesa, se tomaba un café y hojeaba los periódicos, mientras su criada Polya y yo lo observábamos de pie junto a la puerta; dos adultos obligados a mirar con la atención más solemne a un tercero, tomando café y mordisqueando galletas. Por supuesto que se trataba de una situación extraña, pero nunca sentí ninguna humillación al tener que estar parado en la puerta, aunque yo mismo me considerara un hombre tan educado y caballero como Orlov.
Por entonces la tuberculosis que padecía apenas estaba en su comienzo, y con ella quizás también algo más importante que la misma enfermedad. No sé si fue producto del malestar de esta enfermedad o del cambio que, sin saberlo, estaba experimentando, pero me encontraba dominado por un deseo constante y apasionado de ser una persona ordinaria llevando una vida ordinaria. Quería paz para mi espíritu, salud, aire puro, un estómago lleno. Me estaba convirtiendo en un soñador y, como todo buen soñador, no sabía qué era lo que necesitaba. En ocasiones quería retirarme a un monasterio, sentarme por días frente a una ventana para contemplar los árboles y los campos. A veces me imaginaba comprando unos cuantos acres de tierra y viviendo como todo un hacendado. Otras, me juraba a mí mismo que me haría de un trabajo académico y me convertiría en profesor de alguna universidad provinciana. Como teniente retirado de la armada rusa, soñaba con el mar, con mi escuadrón y la corveta en la que había recorrido todo el mundo. Quería experimentar de nuevo la sensación inenarrable que se tiene cuando, al caminar a través de una selva tropical o mirar un atardecer en la Bahía de Bengala, uno se paraliza de la embriaguez aunque al mismo tiempo suspire por su hogar. Soñaba con montañas, mujeres, con música, y, con la curiosidad propia de un niño, miraba de cerca los rostros de la gente y escuchaba de manera absorta sus palabras. Y cuando de pie junto a la puerta miraba a Orlov tomarse su café no me sentía como un sirviente, sino como un hombre para el que todo lo que existía en el mundo resultaba interesante, incluido Orlov.
Los rasgos de Orlov eran típicos de San Petersburgo: hombros estrechos, cintura alargada, sienes hundidas, ojos de un color indefinido, cabellos teñidos de manera sombría sobre la cabeza, la barba y el bigote. Su cara era pulcra, limpia, desagradable, especialmente cuando se concentraba en alguna idea o dormía. Pero no hay ninguna necesidad de caer en el lugar común de describir estos rasgos físicos. Mejor aún, San Petersburgo no es España; el aspecto de los hombres no tiene mayor significancia aquí, incluso en temas de amor. Sólo los sirvientes y los cocheros necesitan mantener su aspecto de manera majestuosa. Si hablé de la cara de Orlov y de su cabello fue sencillamente porque había algo en su apariencia que vale la pena comentar: esto es, cuando Orlov tomaba un libro o un periódico, sin importar cuál fuera, aparecía en sus ojos una sonrisa irónica y su rostro entero adquiría una expresión de luz y disfrazada ingenuidad. Antes de leer o de oír cualquier comentario, su ironía estaba presente como si se tratase del escudo de un salvaje, de tal modo que se volvió algo habitual y constante. Recientemente había empezado a manifestarse sin que participara su voluntad, como si, eso parecía, se produjera por acto reflejo. Pero ya hablaré de esto más tarde.
Después del mediodía, con una expresión irónica en su cara, tomaba su maletín repleto de papeles y se dirigía a su oficina. Cenaba afuera y regresaba a la casa hasta después de las ocho. Yo encendía la lámpara y velas del estudio, él se sentaba en su sillón, estiraba sus pies sobre otra silla y, arrellanado en esa posición, se entregaba a la lectura. Casi todos los días llevaba libros nuevos a la casa o se los enviaban. En el pasillo de la servidumbre, en las esquinas y hasta debajo de mi cama descansaban pilas de libros no sólo escritos en ruso, sino en otros idiomas, que desechaba apenas los terminaba. Leía con una voracidad inusual. “Dime qué lees”, decía, “y te diré quién eres”. En otros podrá surtir efecto, pero juzgar a Orlov por sus lecturas resulta absolutamente imposible. Eran una mezcolanza. Filosofía y novelas francesas, economía política y finanzas, poetas jóvenes y ediciones baratas de toda índole, leía todo cuanto tenía por delante con igual apetito y con la misma expresión irónica de siempre en sus ojos.
Después de las diez se vestía cuidadosamente, las más de las veces de frac, algo inusual en el uniforme de un caballero de su rango, y abandonaba la casa. Regresaba a la mañana siguiente.
Vivíamos en completa armonía, sin malentendidos. Por lo general, ni siquiera advertía mi presencia, y cuando se me dirigía hacia mí lo hacía sin mostrar ningún tipo de ironía, como si yo evidentemente no fuera una persona.
Sólo una vez lo vi enojado. Una semana después de que entrara a trabajar para él, a eso de las nueve de la noche, lo vi llegar de una comida visiblemente cansado y malhumorado. Íbamos rumbo al estudio donde me encargaría de encender las velas para él, cuando me dijo que algo apestaba en ese lugar.
―Todo está bastante limpio ―le dije.
―Estoy diciendo que aquí algo apesta ―repitió con aire irritado.
―Todos los días abro las ventanas.
―No discutas conmigo, insolente ―gritó.
Me sentí ofendido y estuve a punto de protesta, y sólo Dios sabe en qué habría terminado todo el asunto si Polya, que lo conocía mucho mejor que yo, no hubiera intervenido:
―Es verdad, ¡cómo huele aquí! ―dijo, levantando sus cejas―. Esteban, abre las ventanas, atiza la chimenea.
Y con su falda abanicándose, comenzó a ir de un lado para otro, silbando, y con un atomizador en la mano. Sin embargo, esto no hizo que Orlov dejara a un lado su mal humor. Se sentó en su escritorio y comenzó a escribir una carta a toda prisa para no salirse de casillas. Adelantó unas pocas líneas, refunfuñó con enojo y rompió la carta para empezar de nuevo.
― ¡Demonios! ―murmuró―. Quieren que tenga una memoria prodigiosa.
Al final terminó de escribir la carta. Se levantó del escritorio, se volteó hacia mí y me dijo: “Necesito que vayas a la calle Znamenskaya y le entregues esta carta a Zinaida Fyodorovna Krasnovskaya en persona. Pero primero pregúntale al portero si su marido ha regresado, el señor Krasnovsky. Si ya volvió, entonces no le entregues nada y regresa. ¡Un momento! Si ella te pregunta si tengo invitados, dile que he estado escribiendo acompañado por dos señores desde las ocho de la noche.
“The story of nobody” (Anton Chejov)
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