“The story of nobody” (Anton Chejov)

Por razones que no discutiré ahora en detalle, hace un tiempo me vi obligado a trabajar como sirviente de un cierto oficial en San Petersburgo conocido por todos como Orlov; Orlov tenía alrededor de treinta y cinco años y su nombre de pila era Georgy Ivanych. Entré a su servicio tratando de dar con su padre, un famoso hombre de estado, a quien consideraba en aquel entonces un enemigo serio de mi causa. Calculé que al vivir en la casa de Orlov, al oír las conversaciones que allí se efectuaban y ver lo papeles y las notas que seguramente encontraría en su escritorio, podría estudiar en detalle los planes e intenciones de su padre.
Alrededor de las once en punto de la mañana, el timbre eléctrico de la campana del pasillo de la servidumbre crepitaba, lo que significaba que Orlov había despertado. Cuando entraba a su habitación con su ropa lavada, y sus botas listas, lo encontraba sentado en la cama, más que soñoliento como envuelto por el sueño, mirando hacia la nada y sin mostrar ningún placer por haberse tenido que despertar. Le ayudaba a vestir, y él aceptaba mi labor a regañadientes, en silencio, sin agradecer mis servicios. Luego, con sus cabellos húmedos y bañados de una esencia fresca, salía al comedor para tomar el desayuno, se sentaba a la mesa, se tomaba un café y hojeaba los periódicos, mientras su criada Polya y yo lo observábamos de pie junto a la puerta; dos adultos obligados a mirar con la atención más solemne a un tercero, tomando café y mordisqueando galletas. Por supuesto que se trataba de una situación extraña, pero nunca sentí ninguna humillación al tener que estar parado en la puerta, aunque yo mismo me considerara un hombre tan educado y caballero como Orlov.
Por entonces la tuberculosis que padecía apenas estaba en su comienzo, y con ella quizás también algo más importante que la misma enfermedad. No sé si fue producto del malestar de esta enfermedad o del cambio que, sin saberlo, estaba experimentando, pero me encontraba dominado por un deseo constante y apasionado de ser una persona ordinaria llevando una vida ordinaria. Quería paz para mi espíritu, salud, aire puro, un estómago lleno. Me estaba convirtiendo en un soñador y, como todo buen soñador, no sabía qué era lo que necesitaba. En ocasiones quería retirarme a un monasterio, sentarme por días frente a una ventana para contemplar los árboles y los campos. A veces me imaginaba comprando unos cuantos acres de tierra y viviendo como todo un hacendado. Otras, me juraba a mí mismo que me haría de un trabajo académico y me convertiría en profesor de alguna universidad provinciana. Como teniente retirado de la armada rusa, soñaba con el mar, con mi escuadrón y la corveta en la que había recorrido todo el mundo. Quería experimentar de nuevo la sensación inenarrable que se tiene cuando, al caminar a través de una selva tropical o mirar un atardecer en la Bahía de Bengala, uno se paraliza de la embriaguez aunque al mismo tiempo suspire por su hogar. Soñaba con montañas, mujeres, con música, y, con la curiosidad propia de un niño, miraba de cerca los rostros de la gente y escuchaba de manera absorta sus palabras. Y cuando de pie junto a la puerta miraba a Orlov tomarse su café no me sentía como un sirviente, sino como un hombre para el que todo lo que existía en el mundo resultaba interesante, incluido Orlov.
Los rasgos de Orlov eran típicos de San Petersburgo: hombros estrechos, cintura alargada, sienes hundidas, ojos de un color indefinido, cabellos teñidos de manera sombría sobre la cabeza, la barba y el bigote. Su cara era pulcra, limpia, desagradable, especialmente cuando se concentraba en alguna idea o dormía. Pero no hay ninguna necesidad de caer en el lugar común de describir estos rasgos físicos. Mejor aún, San Petersburgo no es España; el aspecto de los hombres no tiene mayor significancia aquí, incluso en temas de amor. Sólo los sirvientes y los cocheros necesitan mantener su aspecto de manera majestuosa. Si hablé de la cara de Orlov y de su cabello fue sencillamente porque había algo en su apariencia que vale la pena comentar: esto es, cuando Orlov tomaba un libro o un periódico, sin importar cuál fuera, aparecía en sus ojos una sonrisa irónica y su rostro entero adquiría una expresión de luz y disfrazada ingenuidad. Antes de leer o de oír cualquier comentario, su ironía estaba presente como si se tratase del escudo de un salvaje, de tal modo que se volvió algo habitual y constante. Recientemente había empezado a manifestarse sin que participara su voluntad, como si, eso parecía, se produjera por acto reflejo. Pero ya hablaré de esto más tarde.
Después del mediodía, con una expresión irónica en su cara, tomaba su maletín repleto de papeles y se dirigía a su oficina. Cenaba afuera y regresaba a la casa hasta después de las ocho. Yo encendía la lámpara y velas del estudio, él se sentaba en su sillón, estiraba sus pies sobre otra silla y, arrellanado en esa posición, se entregaba a la lectura. Casi todos los días llevaba libros nuevos a la casa o se los enviaban. En el pasillo de la servidumbre, en las esquinas y hasta debajo de mi cama descansaban pilas de libros no sólo escritos en ruso, sino en otros idiomas, que desechaba apenas los terminaba. Leía con una voracidad inusual. “Dime qué lees”, decía, “y te diré quién eres”. En otros podrá surtir efecto, pero juzgar a Orlov por sus lecturas resulta absolutamente imposible. Eran una mezcolanza. Filosofía y novelas francesas, economía política y finanzas, poetas jóvenes y ediciones baratas de toda índole, leía todo cuanto tenía por delante con igual apetito y con la misma expresión irónica de siempre en sus ojos.
Después de las diez se vestía cuidadosamente, las más de las veces de frac, algo inusual en el uniforme de un caballero de su rango, y abandonaba la casa. Regresaba a la mañana siguiente.
Vivíamos en completa armonía, sin malentendidos. Por lo general, ni siquiera advertía mi presencia, y cuando se me dirigía hacia mí lo hacía sin mostrar ningún tipo de ironía, como si yo evidentemente no fuera una persona.
Sólo una vez lo vi enojado. Una semana después de que entrara a trabajar para él, a eso de las nueve de la noche, lo vi llegar de una comida visiblemente cansado y malhumorado. Íbamos rumbo al estudio donde me encargaría de encender las velas para él, cuando me dijo que algo apestaba en ese lugar.
―Todo está bastante limpio ―le dije.
―Estoy diciendo que aquí algo apesta ―repitió con aire irritado.
―Todos los días abro las ventanas.
―No discutas conmigo, insolente ―gritó.
Me sentí ofendido y estuve a punto de protesta, y sólo Dios sabe en qué habría terminado todo el asunto si Polya, que lo conocía mucho mejor que yo, no hubiera intervenido:
―Es verdad, ¡cómo huele aquí! ―dijo, levantando sus cejas―. Esteban, abre las ventanas, atiza la chimenea.
Y con su falda abanicándose, comenzó a ir de un lado para otro, silbando, y con un atomizador en la mano. Sin embargo, esto no hizo que Orlov dejara a un lado su mal humor. Se sentó en su escritorio y comenzó a escribir una carta a toda prisa para no salirse de casillas. Adelantó unas pocas líneas, refunfuñó con enojo y rompió la carta para empezar de nuevo.
― ¡Demonios! ―murmuró―. Quieren que tenga una memoria prodigiosa.
Al final terminó de escribir la carta. Se levantó del escritorio, se volteó hacia mí y me dijo: “Necesito que vayas a la calle Znamenskaya y le entregues esta carta a Zinaida Fyodorovna Krasnovskaya en persona. Pero primero pregúntale al portero si su marido ha regresado, el señor Krasnovsky. Si ya volvió, entonces no le entregues nada y regresa. ¡Un momento! Si ella te pregunta si tengo invitados, dile que he estado escribiendo acompañado por dos señores desde las ocho de la noche.

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Yo soy Jorge Ibargüengoitia

 

“Nací en 1928 (el 22 de enero) en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las ojeras (…) Al quedar viuda, mi madre regresó a vivir con su familia y se quedó ahí. Cuando yo tenía tres años fuimos a vivir a la capital, cuando tenía siete, mi abuelo, el otro hombre que había en la casa, murió. Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión “lo que nosotros hubiéramos querido”, decían, “es que fueras ingeniero”, más tarde se acostumbraron”.

(Jorge Ibargüengoitia por Jorge Ibargüengoitia)

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Sandor Marai

1900-1989

Sandor Marai 1900-1989

“Poor Sandor Marai. Born in Hungary in 1900, poet, journalist, playwright, novelist, and the author of more than 60 books, he spent the second world war in hiding from the Nazis. After the war, when the communists replaced them, he went into exile, first in Italy, then in America. His books, written in Hungarian, were almost forgotten until, with the collapse of the Soviet Union, they began to be reprinted and, over this past decade, translated into other languages and much acclaimed. Marai knew nothing of this new twist of fate. In 1989, old, poor and solitary since the death of his wife, he shot himself in San Diego, taking care to alert the emergency services first, so that his body would be found and removed”.

(The Sunday Times, by John Spurling)

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Amos Oz dice:

“En realidad, ¿quién no ha tenido la horrible experiencia de estar sentado delante de una hoja en blanco que le sonríe a uno con su boca desdentada: “Adelante, vamos a ver si me pones la mano encima?” Una página en blanco es en realidad una pared encantada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante”.

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Roberto Bolaño agrega:

“Terminar una novela conlleva algunos, no muchos, placeres, y uno de éstos es empezar a olvidarse de ella, recordarla como un sueño o una pesadilla que se va desdibujando, y que nos permite enfrentar nuevos libros, nuevos días, sin el lastre de aquello que con toda probabilidad pudimos haber hecho mejor y no hicimos”.

 

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Juan Rulfo concluye:

Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy dificil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, [hay] muchisimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.

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Hitler’s private library

En la fotografía, Adolfo Hitler aparece con los brazos cruzados, rígidos, el saco de paño cerrado hasta el cuello, los ojos firmes puestos en la distancia, el pelo liso, intacto. La luz que atraviesa la ventana ―una luz suave, y cálida, como en los cuadros de Vermeer― ilumina la mitad del rostro de Hitler y también la de los libros que reposan en un mueble macizo, semioculto atrás de su espalda. “Estoy convencido de que Hitler era un lector voraz”, dice desde su apartamento en París Timothy Ryback, autor del libro Hitler’s Private Library (La biblioteca privada de Hitler) que por estos días se encuentra en el mercado anglosajón y en el que se revelan, por primera vez, detalles históricos de la relación que Hitler tuvo con su biblioteca y el impacto que libros como El Quijote, Robinson Crusoe o las obras de Shakespeare, entre muchos otros, tuvieron en la formación de su carácter.

“Es posible que Hitler leyera un libro cada noche”, dice Ryback. “En todas las conversaciones con las personas que hicieron parte de su entorno inmediato, oí hablar de sus hábitos nocturnos de lectura y de los recuentos que hacía a la mañana siguiente durante el desayuno”.

La investigación de Ryback es minuciosa. Durante un poco más de seis años, persiguió infatigablemente el rastro de los libros que decoraron las bibliotecas de Hitler en toda Alemania. “En el curso de esta investigación, por ejemplo, descubrí que 1.200 libros de su biblioteca habían sido confiscados por el gobierno de Estados Unidos luego de la guerra y entregados a la Biblioteca del Congreso. También descubrí otros ochenta que habían sido tomados del búnker de Hitler por un soldado norteamericano en la primavera de 1945. Estos libros, eventualmente, se donaron a la Universidad de Brown. Sin embargo, lo que más me intrigó de todo, tanto de los libros en la Biblioteca del Congreso y de los volúmenes que se encontraban regados en las colecciones públicas y privadas de Europa era que la mayoría pertenecían a una época temprana de carrera de Hitler, y que él no sólo los había mantenido a su lado durante toda su vida, sino que había señalado páginas enteras de su interés”.

Como un arqueólogo avezado, Ryback se concentró en estas ‘marcas’ o improntas de lectura, descifrando las anotaciones que Hitler había hecho en sus páginas, para enseguida establecer asociaciones entre su vida política y los libros. “Resulta claro que muchos de los libros que lo acompañaron desde los días en que era joven formaron gran parte de las ideas destructivas que tuvo, como lo escritos antisemitas de Henry Ford o los ensayos y las novelas que enaltecían la superioridad de la raza germana”.

Entre los libros de la biblioteca de Hitler que han sobrevivido al tiempo, y que se calculan en unos doce mil, el más relevante a juicio de Ryback es una traducción al alemán del tratado The Passing of the Great Race de Madison Grant. En este libro, Grant cataloga a los europeos del norte como una raza superior destinada a gobernar, y se manifiesta en contra de cualquier mestizaje étnico o racial.

“Hitler siempre describió el libro de Madison Grant como su Biblia”.

Al pie de la letra

Resulta paradójico que el mismo hombre que en 1933 emprendiera una campana incendiaria para reducir a un montón de cenizas cualquier ejemplar que estuviera en contra de los intereses de Alemania, hubiera sentido un afecto tan desbordante por los libros. “Guardaba las obras completas de Shakespeare en el segundo piso de su refugio alpino al sur de Alemania, junto con la edición empastada en cuero de uno de sus autores favoritos, el novelista de aventuras Karl May”, escribe Ryback en el prefacio de su libro.

“El Hitler que se preserva en los libros que han sobrevivido de su biblioteca es un hombre de una inseguridad intelectual tremenda; un hombre que nunca completó su educación secundaria y que pasó el resto de su vida tratando de llenar ese vacío de una manera desesperada y, finalmente, inútil”.

Fue esta necesidad intelectual la que lo llevó a nutrir su biblioteca privada de hasta 16 mil libros, muchos de los cuales, sin embargo, jamás llegó a leer. En la sección de libros raros de la Biblioteca del Congreso, a unas pocas cuadras del Capitolio de Washington D.C, reposan hoy la mayor parte de ellos, empastados y catalogados con meras cifras intrincadas que en modo alguno evocan el esplendor que alguna vez tuvieron al poblar los salones de las casas donde vivió Hitler.

“Lo que necesito, lo tomo de los libros”, dijo alguna vez Hitler, categórico. A lo que Ryback hoy explica: “Me parece que esta afirmación captura finalmente toda su esencia. Al carecer de una educación formal, Hitler fue incapaz de desarrollar un sentido crítico en el que distinguiera lo serio de lo trivial. Leer de un modo ecléctico y sin crítica, lo llevó a convertir esta mescolanza de ideas en una de las ideologías más destructivas que la humanidad haya conocido”

La última página

El 30 de abril de 1945, con las tropas rusas entrando triunfales a Berlín, Hitler se dispuso a seguir el plan que se había trazado ante la eventualidad de una derrota. Temeroso de los rumores que circulaban entonces sobre la posibilidad de que el ejército ruso lo encerrara en una jaula y lo exhibiera en un desfile monumental por las calles de Moscú, se envenenó en su búnker junto con su esposa Eva Braun. El método: cianuro y un tiro en la cabeza.

En el Archivo Nacional de Washington se encuentra una fotografía del cuarto que tenía en su búnker. En ella, un soldado de quepis y pantalón a los tobillos mantiene los ojos clavados en los hierros chamuscados de la cama de Hitler. Un rifle cuelga de uno de sus hombros. Tras el bombardeo de los aliados, la habitación ha quedado reducida a escombros, con la salvedad de algunos libros que lucen intactos. En la foto es imposible ver los lomos. Por el ángulo en que fue tomada la fotografía tampoco es posible ver las portadas. Pero están ahí. Son una prueba de los hábitos de lectura de Hitler.

“Nunca sabremos los títulos de los libros que tenía a un lado de la cama el mismo día en que se suicidó ―escribe Ryback en las páginas finales de su libro―, aunque sabemos que había ochenta libros en el búnker por entonces, algunos adquisiciones recientes, pero también libros que había adquirido cuando era joven y que había trasladado a Berlín: un tratado de 1913 sobre el Parsifal de Wagner, un folleto sobre la importancia racial publicado en 1917, una historia de la esvástica de 1921, una docena o más de libros místicos y de ciencias ocultas de comienzos de los años veinte, incluyendo una edición rústica de 120 páginas titulada Las profecías de Nostradamus, de Carl Loog, publicada en 1921”.

En esta edición barata, impresa en un papel ordinario que de a poco se ha ido deteriorando, Loog no sólo habla del surgimiento de un “profeta” que liberará al pueblo alemán, sino que será oído por todo el mundo. Nunca se sabrá si Hitler tuvo tiempo de leer tales predicciones.

(Artículo publicado en El Espectador febrero 2009)

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My colombian war

Sentada a una de las mesas del café Mucho Giusto en el corazón del West Village en Nueva York, Silvana Paternostro permanece callada unos instantes antes de precisar el momento en el cual escribió su primer artículo como periodista en Estados Unidos, hace un poco más de veinte años. “Mi primera historia”, dice, “fue para un periódico comunitario de lo que hoy se conoce como (el distrito de) Chelsea. Era un artículo sobre una tienda latina que se volvía restaurante por la noche, y por el que me pagaron creo que 20 dólares”.

Hoy, Paternostro lleva un poco más de treinta años viviendo lejos de Colombia. Durante todo este tiempo, sus artículos han aparecido en el Paris Review, el New York Times Magazine y Newsweek. A finales de 1999, Time y CNN la incluyeron en la lista de los cincuenta líderes latinoamericanos a tener en cuenta en el siglo XXI, un distinción cuyos ecos parecen resonar hoy con los elogios que personas como el experimentado cronista norteamericano Jon Lee Anderson han hecho de segundo libro My colombian war, a journey through the country I left behind, un documento periodístico que por estos días ocupa las librerías norteamericanas en su edición de rústica.

El libro (que todavía no se ha traducido al español), fue editado por la misma editorial que edita a Paul Auster y Marilynne Robinson, entre otros, y narra el viaje que Paternostro realizó a mediados del 2001 a Barranquilla con el fin de escribir un artículo para la revista del diario The New York Times sobre el conflicto colombiano. El eje de la historia es sencillo: después de más de treinta años viviendo fuera del país, Paternostro regresa a su casa para visitar El Carmen, la finca de su familia ubicada en una zona controlada por los paramilitares.

“Yo llegué en agosto del 2001 a Barranquilla para escribir este reportaje; pensaba viajar por tierra a la finca de mi familia, porque pensé que esa era la mejor manera para encauzar las preguntas que se tenían en Estados Unidos sobre Colombia. En esa época, sólo un mes antes de los atentados del 11 de septiembre, había un interés mayor de Washington en Colombia. El artículo iba a explicar el conflicto a través de lo que sucedía en ese viaje a la finca. Sin embargo, ya en Barranquilla, tuve que esperar un mes para poder salir, porque eran los días de las famosas pescas milagrosas. Y fue en esa espera, en la casa de mi abuela, recorriendo los recuerdos de mi niñez, donde se empezó a formar el libro. Luego, fue como pelar una cebolla.

¿Qué la motivó a volver a Colombia después de treinta años y a escribir sobre el país cuando nunca lo había hecho?

Empezó con un interés periodístico cuando en 1999 nace el Plan Colombia. A medida que más acercaba mi mirada a lo que pasaba en Colombia, me confundía más. Entonces, se volvió una obsesión. Necesitaba saber qué era lo que estaba pasando allá, me sentía intranquila con los mensajes que recibía. En esa época, se estaba dando un fenómeno que no entendía bien. Me parecía que había un desconecte grandísimo. Si usamos las estadísticas de esos años Colombia tenía el mayor número de secuestros en el mundo, una tasa de homicidios que era la más alta del mundo, un número de desplazados altísimo. Y sin embargo, por esa misma época, las revistas y los periódicos no hacían otra cosa que sacar una encuesta en el que se decía que Colombia era el país más feliz del mundo. Había una incongruencia en eso, algo surreal que no me dejaba en paz.

¿Y al llegar a Colombia qué encontró?

Que nada encajaba. La gente me decía que había peligro en todos lados, y sin embargo todos los días oía el soundbite de que Colombia era el país más feliz del mundo y el mejor vividero del mundo, y llegaban esas listas de correo diciendo ochenta mil cosas buenas sobre el país, con cosas rebuscadísimas como que Colombia era el segundo productor de ropa íntima de mujer. Los noticieros por otra parte eran aterradores, las FARC por un lado, Carlos Castaño por el otro, sólo se hablaba de muerte. El parque de la 93, en Bogotá, para mi era como un set.

La guerra en My colombian war es la guerra vista a través del lente de una familia privilegiada barranquillera, que es la suya. ¿Esa era la idea antes de escribir el libro?

Era mucho más fácil salir a buscar la guerra donde estaba la guerra, donde la veía todo el mundo, donde se veía en los periódicos. Por eso, decidí buscar la guerra en otra complejidad, en las ciudades, adentro de sus casas, en la mía.

Para poder llegar la finca de El Carmen usted escribe que fue necesario alquilar una avioneta y pedirle al ejército que desplegara un cordón de seguridad a su arribo. ¿Esa es la guerra que se vive en Colombia?

Esa es la guerra que vivía mi familia y la que me sirvió de piedra angular en la narrativa del libro. Pero la guerra en mi libro es más bien otra. No creo que la explicación de nuestro conflicto se pueda dar de una manera simple. La guerra no son sólo los secuestros de las FARC. Sí, yo llegué a la finca con el ejército, en avioneta. La gente que me decía que se vivía muy bien en Colombia, pero todos andaban en carros blindados. ¿Cómo pensar que el país era el mejor vividero en esas condiciones? Hoy todos dicen que con las políticas de seguridad democrática las cosas han cambiado; sin embargo, yo insisto en que el conflicto todavía va para largo porque la guerra está en cómo nos tratamos unos a otros. Este libro vuelve la mirada a cómo somos. Tenemos que comprender mejor cómo es la relación entre la ciudad y el campo, ser más autocríticos, entender las relaciones entre los que van al colegio americano, como fui yo en Barranquilla, y los que acaso van a la escuela pública, como la hija del trabajador de la finca que vivía con nosotros.

En un pasaje del libro, usted dice que la guerra en el país se da a partir de las estrictas relaciones verticales que existen entre el patrono y el obrero, entre el ama de casa y la empleada doméstica. ¿Ahí está la piedra angular del conflicto?

Yo creo que la mentalidad feudal que reina en el país es como unos zapatos de cemento que se llevan puestos. Por mucho que se muevan las manos o la cabeza, y se hable sobre todo lo que ha cambiado el país, todavía tenemos los pies de cemento anquilosados en esa realidad por muy modernos que sean los menús de los restaurantes de Bogotá.

Jon Lee Anderson dijo de este libro que era una crónica desgarradora con toques de gran belleza como Colombia. ¿Qué siente cuando un periodista de la talla de Anderson habla así de su libro?

Agradecida, sobre todo porque Jon Lee es una maestro en el tema de crónicas de guerra.

(Artículo publicado en Lecturas Dominicales Enero 2009)

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Venga le cuento

Si tuviera que hacer una lista de los mejores cuentistas colombianos de los últimos tiempos, el nombre de Julio Paredes ocuparía sin temor a duda los primeros lugares. Sus relatos son una prueba inequívoca del talento que en el pasado lo llevó a ganar, entre otras cosas, dos becas nacionales de creación.

A Paredes lo conocí hace un poco más de diez años con motivo del lanzamiento de su libro de cuentos Guía para extraviados, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Como iba a hacer una nota para el periódico, lo visité en su apartamento una mañana, y allá, rodeados de libros, café en mano, estuvimos conversando sobre literatura largo y tendido, hasta que el reloj nos impuso a cada uno la carga propia de los afanes.

De Paredes puedo decir hoy, tras un par de encuentros posteriores, que es una persona amable y genuina, y que sus apreciaciones sobre el oficio de la escritura son breves y por lo demás sensatas. En mi biblioteca, todavía guardo la copia autografiada que me entregó al término de la entrevista; en ella se puede ver su caligrafía calmada y sus palabras cordiales.
Diez años han pasado desde entonces, Paredes ha escrito otro estupendo libro de cuentos, Álbum de familia, y las novelas Cinco tardes con Simenon y La celda sumergida. Su talento se ha mantenido firme y las predicciones sobre su capacidad como narrador se han cumplido. Sin fisuras, paso a paso, Paredes continúa trabajando.

Todo esto por una razón, y es que hace unos días en uno de los correos electrónicos que Alfaguara envía periódicamente sobre sus novedades literarias, apareció súbitamente el nombre de Julio Paredes en el boletín. El comunicado de prensa hablaba sobre el lanzamiento en Colombia de una recopilación de cuentos de Horacio Quiroga bajo el título Cuentos escogidos. En él Paredes hablaba sobre su relación con los relatos del célebre autor uruguayo. Por considerarlo explicativo de la obra de Paredes, transcribo sus palabras del boletín a continuación.

Dice Paredes:

‘Sin duda, reconozco ahora, gran parte de las primeras fantasías que quise escribir como cuentos estuvieron marcadas por el poder de la prosa, la sintaxis, los diálogos y la misteriosa transparencia que encontré en esos relatos de Horacio Quiroga. Y entendí una premisa fundamental que, más allá de las famosas recomendaciones de su famoso catálogo para el cuentista, intento aún hoy poner en práctica mientras escribo y trabajo en un cuento: dejar en el lector una marca indeleble; una muesca trazada para siempre en algún rincón de la memoria’.
Una buena época entonces para rescatar la Guía para extraviados de Julio Paredes y disfrutarla al máximo, aprovechando la coyuntura de los cuentos de quien para muchos es y será el cuentista de cuentistas, Horacio Quiroga.

Publicado en Cuentos, Horacio Quiroga, Julio Paredes | 2 comentarios

Bolaño para todos

“Un tipo con mucha imaginación”, fue la frase que le oí decir anoche al esposo de mi suegra, al referirse al hecho de que estaba a punto de terminar de leer Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. La cosa había comenzado mucho antes, dos o tres meses atrás, cuando por teléfono me confesó que estaba tomando un curso sobre Bolaño en una pequeña librería de Bogotá, y que había elegido, para zambullirse de cuerpo entero en su mundo, la novela más mítica y popular del escritor chileno. Debo confesar que cuando me lo dijo, en lo primero que pensé fue en el abismo generacional que se abriría a la vuelta de las primeras diez o veinte páginas. Entre las peripecias de Ulises Lima y Arturo Belano, y la fantástica, tranquila y apacible vida que vive mi suegro hay, literalmente, un abismo de distancia.

Pero me equivoqué, claro. Porque no sólo anduvo atrapado por la historia durante algo más de dos meses, sino que se dio el lujo de soltar una frase tan espontánea como veraz que describe la esencia de lo que para muchos era Bolaño: un tipo escritor con una imaginación desbordante.

Hace unos días, en una entrevista que le hice al escritor boliviano Edmundo Paz Soldán para un artículo próximo (Paz Soldán acaba de co-editar en compañía de Gustavo Faverón una muy completa recopilación de textos sobre Bolaño, titulada Bolaño salvaje), le pregunté quiénes serían los lectores de Bolaño en el futuro. Me dijo: “Es muy difícil predecir el futuro. Creo que hay Bolaño para rato, es uno de nuestros imprescindibles, y durante un buen tiempo las próximas tendencias de la literatura latinoamericana se definirán por su adhesión o rechazo a los postulados de Bolaño”.

Por lo pronto, no haber leído nada de Bolaño parece ser imperdonable. Se hacen cursos, se le recuerda, se teoriza. La bolañitis, pues, es aguda. Y para la muestra este post.

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Murakami, a las carreras

Acostumbrados a leer en las solapas de los libros de Murakami sobre sus días como administrador de un bar de jazz (en ‘Sputnik, mi amor’, ‘Tokio blues’ y ‘Kafka en la otra orilla’, tres de sus novelas editadas por Tusquets, se encuentra la misma redoblante frase: ‘regentó durante varios años un club de jazz’), resulta sorprendente descubrir que tras cerrar las puertas de ese bar, y dedicarse de lleno a la literatura, Haruki Murakami decidió cambiar su forma de vida y empezar a correr una hora diaria, seis días a la semana. De esto ya han pasado más de veinte años y hoy, cuando ronda los 60 años, continúa haciéndolo con igual intensidad, a pesar de que sus registros en las últimas maratones han decaído, según sus palabras, con justicia.

Pero ¿a cuenta de qué hablar de Murakami y de su afición por las carreras? La respuesta está en ‘What I talk about when I talk about running’, el más reciente libro de Murakami en el que, evitando al máximo rozar las fronteras de un diario, el autor japonés hace pública una parte de su vida hasta ahora desconocida por sus lectores: su afición por el ejercicio; especialmente, las maratones. Y aunque aparentemente se trata de un libro diseñado para quienes corren maratones o están en tren de hacerlo, lo cierto es que en él Murakami se las arregla no sólo para dar cuenta de sus largas y solitarias jornadas como corredor, sino que entre gota y gota reflexiona con desenfado y honestidad brutal sobre su oficio como escritor.

En el website de Random House dedicado al autor se habla del libro así: ‘En 1982, tras haber vendido su bar de jazz para dedicarse a escribir, Murakami comenzó a correr para mantenerse en forma. Un año después, había terminado una carrera en solitario desde Atenas hasta Maratón, y, ahora, después de docenas de carreras semejantes, sin mencionar triatlones y una docena de libros aclamados por la crítica, reflexiona sobre la influencia que el deporte ha tenido en su vida y, aún más importante, en su escritura’.

Un libro, pues, interesante para conocer más de cerca a quien desde hace unos años está haciendo fila para recibir el Nobel, y cuyas primeras páginas se pueden leer en el website www.harukimurakami.com mientras aparece su traducción al español.

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A la sombra de un best-seller

Para quien no esté familiarizado con el nombre de Carlos Ruiz Zafón ni se haya enterado del fenómeno comercial en el que se ha convertido en los últimos años, dos datos breves. El primero: La sombra del viento ―novela que apareció en el mercado hace un poco más de siete años―, ha vendido hasta la fecha más de diez millones de ejemplares en el mundo.

Y el segundo: en un derroche de confianza con el autor y sus fanáticos, la editorial decidió hacer un tiraje inicial de un millón de ejemplares de su nueva novela El juego del ángel, una cifra récord que supera con creces lanzamientos estrella recientes como Un mundo sin fin, de Ken Kollet (500 mil), y Harry Potter y las reliquias de la muerte, de J.K Rowling (750 mil).

Al grano. La historia que Ruiz Zafón trae en El juego del ángel es, tal y como se anuncia en la contratapa del libro, de intriga: un joven escritor de novelas por encargo recibe un día la oferta de escribir un libro cuyo tema ningún otro autor ha abordado jamás. Tras triunfar desde el anonimato con una serie de novelas folletinescas reunidas bajo el título de La ciudad de los malditos, el joven novelista decide aceptar el encargo a cambio de un cheque por cien mil francos. Ambientada en Barcelona durante los años veinte, el clímax de la novela ―en la que por supuesto no faltan las muertes, ni las sombras, ni la niebla, ni la luna, ni los adoquines, ni los taconeos sobre esos mismo adoquines, ni los besos robados por asalto, ni los callejones, ni las mansiones, ni los cuchitriles― llega cuando el protagonista, David Martín, descubre que sobre el libro que está escribiendo pesa un maleficio que sólo él puede enfrentar. Los túneles de luz y sombra del barrio del Raval, las calles de San Martí y el recientemente inaugurado teleférico entre el cerro de Montjuic y la torre de San Sebastián, son algunos de los lugares a través de los cuales el lector se pasea durante las casi 700 páginas que hacen parte de esta novela.

Hasta ahí bien, si se tiene en cuenta que El juego del ángel no es otra cosa diferente a un best-seller, es decir, un libro para el consumo masivo. Para peras, dicen por ahí, jamás el olmo. Y, sin embargo, a medida que avanza la historia, uno tiene la sospecha de que a pesar de tratarse de un best-seller la historia más bien parece un folletín endulzado con personajes buenos y malos, y un ligero tinte de truculencia fantástica.

En la búsqueda de la atmósfera vibrante que Ruiz Zafón alcanzó en La sombra del viento (el Cementerio de los libros olvidados, la librería de Sempere.), el autor aquí, tal vez sin darse cuenta, o dándose cuenta, pero pasándolo por alto, lo que resultaría más condenable, se repite. Las metáforas asoman gastadas, las descripciones, reiterativas, las sorpresas, previsible.

No ha escrito Ruiz Zafón un libro a la altura de su predecesor, aunque, viéndolo bien, tampoco tenía por qué hacerlo. O conseguirlo, porque a lo mejor sí lo pensó, a lo mejor sí se dijo en algún momento por lo bajo frente al espejo que los diez millones de libros que había vendido La sombra del viento no habían sido producto de la casualidad, y entonces creyó que con El juego del ángel lograría repetir el éxito, lo que resulta bastante improbable.

“Un best-seller ―dijo el autor hace poco al referirse al fenómeno de sus libros― es simplemente un libro que vende mucho”. Y añadió: “Lo cual incluye a clásicos como Cervantes o Dickens”. Habrá que esperar, entonces, a que pase lo que pase.

(Texto completo del articulo publicado hoy en el diario El Tiempo)

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Los crímenes de Martínez

Se equivoca el escritor argentino Guillermo Martínez al asegurar que La muerte lenta de Luciana B. es, hasta cierto punto, un relato “policial esquelético” en el que no se pasean forenses ni comisarios. Y se equivoca también cuando afirma que se trata de “una novela abstracta de crímenes con sólo tres personajes y sin detective”.

Se equivoca en ambos casos. Porque lo cierto es que en sus cuentas personales Martínez olvida contar al lector, ese que movido por los hilos del suspenso que se desovilla acertadamente a lo largo de la historia termina haciendo las veces de detective.

Ya desde la primera página, Martínez invita al lector para que lo haga. Escribe el autor: “Y luego, en un tono algo angustiado, me recordó quién era. Luciana B. La chica del dictado. Claro que me acordaba. ¿Habían pasado verdaderamente diez años? Sí: diez años, me confirmó”.

Y, enseguida: “Hizo una pausa. Necesitaba verme, se corrigió, con un acento de desesperación que alejó cualquier otro pensamiento que pudiera formarme.

“Sí, por supuesto, dije algo alarmado, ¿cuándo? Cuando puedas, cuanto antes. Miré a mi alrededor, dubitativo, el desorden de mi departamento, librado a las fuerzas indolentes de la entropía y di un vistazo al reloj sobre la mesa de luz. Si es cuestión de vida o muerte, dije, ¿qué te parece esta tarde, aquí, por ejemplo, a las 4? Escuché del otro lado un ruido ronco y una exhalación entrecortada, como si contuviera un sollozo. Perdón, murmuró avergonzada, sí: es de vida o muerte, dijo”.

¿Cómo no querer saber qué viene a continuación? ¿Cómo no vestirse de abrigo y hacer de los ojos una lupa para descifrar lo que pasará de ahí en adelante? La trama de la novela es la siguiente: Luciana B está convencida de que Kloster, un famoso escritor para quien trabajó como dactilógrafa hace un tiempo, ha sido el responsable directo de la muerte de quienes la rodean. Y quiere ponerlo al descubierto.

Los elementos de una novela policiaca, pues, están dados: tenemos a un posible asesino, una víctima, una serie de muertes y la necesidad de saber la verdad.

Hay escritores que recurren al suspenso como una fórmula efectista para atrapar la atención del lector, reduciendo ese suspenso a un emplasto inoperante y previsible (el golpe imprevisto en la puerta, la carta a punto de ser leída, el tamborileo de un desconocido en el hombro). No sucede así con Martínez. El suspenso en sus novelas no es resultado del azar. Como doctor en matemáticas, el azar es una variable que mantiene a raya hasta donde le es posible. En Los crímenes de Oxford -novela con la cual obtuvo el premio Planeta Argentina en 2003, y que el director español Alex de la Iglesia llevó a la pantalla grande recientemente- Martínez ya lo había demostrado. Ahora, con La muerte lenta de Luciana B., lo único que hace es confirmar sus dotes como maestro del siempre dificultoso género negro.

“¿Qué es lo que cuenta sobre todo en una novela policial?”, se pregunta Kloster en un momento dado en la historia. “No los hechos, por supuesto, no la sucesión de cadáveres”, se responde a él mismo: “sino las conjeturas, las posibles explicaciones, lo que debe leerse por detrás”.

Y lo que hay detrás de La muerte lenta de Luciana B. es un abrigo y una lupa para que el lector se vista de detective.

(Texto publicado hoy en el diario El Tiempo)

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Gibran, el profeta

Finalmente, termino de leer el artículo que publicó el New Yorker a propósito de la edición en inglés de las obras completas de Kahlil Gibran bajo el sello Everyman’s Library (Kahlil Gibran: The collected Works). Y aunque resulta un poco tarde hablar de lo que ya no es novedad, todavía estoy a tiempo para no dejar pasar por alto algunas sorpresas que me ha dejado el artículo.

La primera: que Gibran es, después de Shakespeare y Lao Tzu, el tercer poeta más vendido de todos los tiempos.

La segunda: que aunque sus seguidores se esforzaron en culpar a la tuberculosis como la responsable de su muerte, lo cierto es que la cirrosis jugó un papel determinante en su deceso.

Y la tercera, que después de 77 años, su testamento todavía es objeto de ardientes discusiones en las aulas de las facultades de derecho de Estados Unidos, que estudian al detalle los intríngulis de las sucesivas peleas sobre los derechos de autor de sus obras.

Ahora bien, ¿quién fue y cómo llegó a convertirse Khalil Gibran en una leyenda? El artículo ofrece varias respuestas. La que mejor se ajusta, sin embargo, es la que lo define como un habilísimo predicador capaz de autocalificarse como una divinidad.

Sobre el carácter mesiánico de Gibran, anota Joan Acocella:

If you look closely, though, you will see that much of the time he is saying something specific; namely, that everything is everything else. Freedom is slavery; walking is dreaming; belief is doubt; joy is pain; death is life. So, whatever you’re doing, you needn’t worry, because you’re also doing the opposite.

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Una tarde con el coronel

La cosa podría comenzar de una manera bastante cursi: hay libros de una tarde para toda una vida. Un eslogan rosa, sin duda, pero que se me viene a la cabeza en estos días cuando he vuelto a leer El coronel no tiene quien le escriba con tanta o mayor alegría que la primera vez.


No hacen falta los adjetivos para referirse a las novelas de Gabriel García Márquez, entre otras cosas porque sus libros son una cátedra insustituible y eficaz de cómo usar los adjetivos de la manera más correcta posible. Así que intentaré pasar por alto la calificación elogiosa que aparece a menudo unida a la literatura de García Márquez para seguir hacia adelante.


He debido leer esta novela por lo menos unas cuatro o cinco veces, y es posible, por no decir que seguro, que lo vuelva a hacer en lo que me queda de vida muchas veces más.

Reúne El coronel no tiene quién le escriba… en sus páginas una lección de estilo de tanto alcance (economía del lenguaje, precisión en la alternancia de los diálogos, maestría descriptiva), que es casi un manual de escritura para llevar en el bolsillo.

Al lado de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande y los de La increíble y Triste historia de la Cándida Eréndida y su abuela desalmada es el García Márquez que a mí más me gusta.

Y me gusta porque todo es claro, exacto, preciso en esta novela corta. Se me ocurre pensar entonces en un florero adornando la mesa de una casa lindisima con la justa flor, los justos tallos, el justo aroma. Esa es la imagen que veo al cerrar el libro.

Me gusta El coronel….

Un libro de una tarde para toda una vida.

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Jack London aconseja

Leyendo la muy interesante antología Great writers on the art of fiction, from Mark Twain to Joyce Carol Oates, me encuentro con un artículo publicado por Jack London en 1899, en la revista The Editor, que me parece oportuno no pasar por alto.

Se trata de un escrito de poco más de cuatro páginas en el que London les aconseja a los aspirantes a escritor qué ruta seguir para que sus historias se conviertan en libros publicados.

Destaco unas líneas, por considerarlas, útiles:

“Now you, young writer, have you something to say or do you merely think you have something to say? If you have, there is nothing to prevent your saying it. If you are capable of thinking thoughts which the world would like to hear, the very form of the thinking is the expression. If you think clearly, you will write clearly; if your thoughts are worthy, so will your writing be worthy”.

Lo que más o menos en español viene siendo:

“Y ahora tú, joven escritor, ¿tienes algo qué decir o simplemente piensas que tienes algo qué decir? Si tienes algo, no hay nada que impida que lo digas. Si eres capaz de pensar lo que el mundo quisiera oír, la mejor forma del pensamiento es la expresión. Si piensas con claridad, escribirás con claridad. Si tus ideas son valiosas, tu escritura será valiosa”.

Una frase, la última, que me hace saltar a otra frase no menos importante. La que viene la hallé en el mismo libro. Su autor esta vez es Joseph Conrad y es el comienzo del conocido por muchos como el Manifiesto de Conrad. Ahí va:

“A work that aspires, however humbly, to the condition of art should carry its justification in every line”.

Es decir:

“Una obra que aspire, aunque sea humildemente, a la condición de arte debería justificarse a sí misma en cada línea”.

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La liga mayor americana


De los escritores norteamericanos del siglo XX tengo un recuerdo grato. Hasta donde me alcanza la memoria sus páginas nunca me han defraudado. He pasado mañanas y tardes enteras pegado a sus historias, asombrado por el vigor cotidiano de sus tramas, concentrado en la tarea compleja de desenmarañar la técnica de su escritura, toda vez que la simplicidad aparente con la que fueron construidas muchas de sus historias suele arrojar pistas falsas a la hora de intentar descubrir todos sus secretos.


De qué liga hablo: ahí va mi lista.


John Steinbeck.


Saul Bellow.


William Faulkner.


Ernst Hemingway.


Philip Roth.


Cualquier escritor que quiera tomarse en serio este asunto de la literatura debería escoger al menos dos nombres de esta lista y machacar en la lectura de sus novelas hasta el cansancio.


Para comenzar, un abrebocas con los dos primeros párrafos de La Perla de Steinbeck. Hace un par de días volví a leerlo. Fabulosa novela corta.

“Kino despertó antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Hacía un rato que los gallos cantaban, y los cerdos más madrugadores habían comenzado ya a hurgar incesantemente entre ramitas y trozos de madera, en busca de algo de comer que les hubiese pasado inadvertido. Fuera de la cabaña de paja, entre las tunas, una bandada de pajarillos se estremecía y agitaba frenéticamente las alas.

Los ojos de Kino se abrieron y él miró primero el recuadro algo más claro que correspondía a la puerta, y luego miró la caja, colgada del techo, en que dormía Coyotito. Y por último volvió la cabeza hacia Juana, su mujer, que yacía junto a él en el jergón, el chal azul sobre la nariz y sobre los pechos y alrededor del talle. Los ojos de Juana también estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto jamás cerrados al despertar. Los ojos oscuros de la mujer reflejaban pequeñas estrellas. Ella le miraba como le miraba siempre cuando despertaba”.

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